Este lunes 6 de julio, la ciudad de Córdoba conmemora el 453° aniversario de su fundación, consolidada en el año 1573 por el sevillano Jerónimo Luis de Cabrera. Lo que hoy es una de las urbes más dinámicas y pobladas del país, nació a partir de un acto de audacia y una fuerte impronta familiar en las márgenes del río Suquía.
La denominación original elegida por Cabrera fue «Córdoba de la Nueva Andalucía». Aunque la analogía geográfica con la región española era evidente, los historiadores rescatan que detrás del nombre hubo un motivo estrictamente sentimental. El fundador decidió bautizarla así como un directo homenaje a los antepasados de su esposa, Luisa Martel de los Ríos, cuyo linaje estaba fuertemente arraigado en la Córdoba europea.
Una fundación marcada por la polémica
Sin embargo, el origen de la ciudad mediterránea esconde un trasfondo político conflictivo. Jerónimo Luis de Cabrera llegó a estas tierras desobedeciendo las órdenes explícitas del Virrey del Perú, Francisco Álvarez de Toledo.
La Corona española le había encomendado avanzar sobre el actual norte argentino con el objetivo de fundar un asentamiento estratégico en la zona de Santiago del Estero o Tucumán para asegurar y fortalecer las rutas comerciales. Al divisar la belleza y el potencial del territorio que las comunidades originarias llamaban Quisquisacate, Cabrera decidió marchar más hacia el sur de lo permitido. Estableció el asentamiento en la margen izquierda del río que los nativos denominaban Suquía, bautizándolo inicialmente como San Juan.
Aquel acto de desobediencia estratégica le costaría caro a Cabrera —quien tiempo después fue ejecutado por las autoridades coloniales—, pero sembró la piedra fundacional de una ciudad que, más de cuatro siglos después, late con fuerza propia en el corazón del país.