Hace pocos días el mundo de las letras y el de los afectos personales se conmovió con el fallecimiento de Aitana Alberti León en La Habana. Una enfermedad de tiempo la había llevado al país de los sueños antes de la definitiva morada. La fatal noticia corrió como la pólvora, incendiando corazones, recuerdos, miradas. Algunos diarios reprodujeron la carta que me envió a Uruguay para que la leyera a sus amigos de allí. Fue con motivo de la semana cultural dedicada al universo campesino de Federico García Lorca que gestionó con notable acierto la poeta Myriam Bianchi y en la que participaron notables artistas uruguayos y una delegación española compuesta por el lorquiano Francisco Vaquero Sánchez, Mari Carmen Párrizas y este que les escribe. La carta de Aitana se titulaba: “Lorca en el corazón”. De ahí el título de esta nota.
En ese recorrido de distancias, a miles de kilómetros, en la Granada de Federico, a la que Alberti poetizó “Como fruta ensangrentada/fruta en el atardecer/del que nunca fue a Granada”, unos ojos, los de Encarnación Moya, “Encarnita”, lloraban desconsolados por su amiga del alma: “A Aitana la conocí en el 71, casi de casualidad. Yo me había ido de mi pueblo a Málaga a buscar trabajo. Aquí había pocas expectativas, y en una agencia de colocación me facilitaron cuatro direcciones. No acierto a saber por qué; elegí la segunda de las que me habían dado y que era en Torremolinos. Allí me presenté con mis bártulos. Me abrió la puerta una chica joven y bella, tras cuyos hombros se veían estantes y estantes de libros. Fue un cariño a primera vista que ha durado toda la vida. Ahora que repaso aquellos días, me doy cuenta de su hondura infinita; ¡le debo tanto! Fue ella quien despertó en mí una curiosidad sin límites. Te hacía viajar, ver países a los que nunca fui, pero ella sí, conocer a personajes, a los que nunca vi, pero que, a través de ella, formaron parte de mí. Ella era cultísima; ¡es que con esos padres! Pero no aparentaba todo lo que sabía; trataba de compartir, de enseñar con humildad, sin ego alguno, con enorme sencillez y cariño. Así era fácil viajar con ella a sus galaxias de conocimiento. ¡Era increíble!
Cuando hace unos días me llamó su hija Marina para darme la triste noticia, sentí que algo en mí también moría, que algo muy valioso se acababa de romper, que el mundo se había empobrecido, que ya no era el mismo”.
La labor de Aitana, cuya obra habrá que rescatar del traidor olvido, fue incesante. Había nacido en Argentina, país en el que se exiliaron sus padres durante la guerra civil española. Se estableció definitivamente en Cuba en 1984 motivada por una invitación formal del poeta Nicolás Guillén, quien en ese momento presidía la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC). Fue en Cuba donde encontró su lugar. En la Universidad de La Habana presidió la cátedra Rafael Alberti y trabajó en el centro Dulce María Loynaz (amiga de Lorca, a quien Federico dejara en custodia el original de Yerma), donde contribuyó a divulgar a los poetas de la generación del 27, cuyo arquitecto y gran dinamizador fue el oscense Pepín Bello, de quien hablaremos otro día. Fue presidenta del proyecto cultural Sur y del Festival de Poesía de La Habana, en el que tuve el honor de participar en 2014 con motivo del bicentenario de Gertrudis Gómez de Avellaneda. La visión de Aitana iba más allá de las letras y las fronteras; supo establecer desde la cultura un diálogo entre personas y naciones.
“Fue ella” —continúa Encarnita— “la que me propuso irme a Roma a cuidar de su madre, que ya andaba con el Alzheimer. No volvimos a vernos hasta el año 2011, que fui a visitarla a Cuba. Parecía que no había pasado ningún día. Nuestra amistad, nuestro cariño seguían intactos. Luego, casi cada vez que venía a España por motivos de trabajo, volvíamos a encontrarnos. Era una mujer excepcional y muy generosa. No tenía ningún apego a nada de lo material”.
Quedan, en el zaguán de la memoria de “Encarnita”, miles de recuerdos, de afectos compartidos, que ahora son como caricias en el alma, como penachos de glicinias que se mecen en el viento de las horas, de los días pasados junto a su gran amiga Aitana, con quien tanto vivió, viajó y rio, aquí y allá. Esa mujer alta, como la sierra alicantina que le dio nombre, eterna como esa vasta y profunda amistad compartida muy adentro, donde el dulce pañuelo del tiempo enjuga en el silencio de la noche unas lágrimas. Vayan estas palabras en su memoria como hilván de afecto y por todo lo debido.