Por Miroslav Scheuba
Escritor y periodista
Especial para El Diario de Carlos Paz
Emanuele Pettener vive con un pie en el sur de Florida y otro en Venecia, donde codirige un programa de estudios para universitarios norteamericanos. Antes de su llegada a la ciudad, conversó con nosotros sobre su nueva novela, sus lecturas, Jorge Luis Borges, el cine y esa Argentina que, por ahora, conoce a través de los libros.
En pocos días estarás con nosotros como invitado a la Tercera Feria Internacional del Libro de Carlos Paz. Somos varios los que queremos leer tu novela Proust para bañistas, que publicó en español Corprens Editora y que será presentada en la feria ¿Nos puedes adelantar algo de esta novela proustiana para nuestros vecinos y visitantes?
Me siento verdaderamente honrado por la invitación y feliz de estar con ustedes: gracias de corazón. Proust para bañistas, traducida al español por Orianna Soublette, entrelaza las aventuras de tres italianos que llegaron al sur de Florida en tres épocas diferentes. Tragedia, comedia, giros inesperados: en fin, la vida, pero sin intervalos aburridos. Y además colores, olores, sonidos: tropicales y venecianos. Para mí, la invención del escenario importa tanto como los protagonistas que se mueven en él. Como lector, y como hombre perezoso, exijo que un libro me haga viajar sin que yo tenga que moverme del sofá.
Tus actividades como profesor de letras italianas ¿Sigues dando cursos en Venecia? Sabemos por la web que son muy interesantes y entretenidos: por la mañana, por ejemplo, leen una obra de Carlo Goldoni, como Arlequín, servidor de dos patrones o La posadera, y por la tarde visitan los lugares donde vivió el autor y los que frecuentaban él y sus personajes. Son experiencias imborrables.
El Study Abroad Program [1] en Venecia fue fundado en 2009 por Ilaria Serra, que lo dirige conmigo y con el profesor John Sandell. Ilaria dirige la sección de italiano del Department of Languages, Linguistics, and Comparative Literature [2] de la Florida Atlantic University, en Boca Raton, unas 40 millas (unos 65 kilómetros) al norte de Miami. El programa veneciano se extiende de mayo a junio; nuestros 25 estudiantes se alojan en encantadores apartamentos y disfrutan de generosas becas que cubren, a veces por completo, los costos del programa. Las clases se dictan en aulas o al aire libre; yo enseño en el espléndido marco del antiguo convento de los Crociferi, entre los naranjos.
Mimamos a nuestros estudiantes con excursiones, conciertos en La Fenice, obras de teatro, cenas de grupo y visitas guiadas para explorar las joyas de la ciudad y de la laguna. Los chicos aprenden a hacer máscaras y buranei, unas galletas de receta secreta nacidas en los hornos de la isla de Burano; conocen a escritores, cineastas y artistas locales; escuchan a los coros que perpetúan nuestra cultura; ayudan a la Associazione Masegni & Nizioleti a limpiar los muros de Venecia de las infamias de los bárbaros, y disfrutan de una velada en el Caffè Florian. Los remito a nuestro sitio web, en la página Why Venice? de la Florida Atlantic University. El verano pasado tuvimos dos estudiantes argentinas. Cuando le pregunté a una de ellas qué echaría de menos de Venecia, me respondió suspirando: «Sus fantasmas».
¿A cuáles de los jóvenes prosistas italianos actuales sigues de cerca?
Al responder a esta pregunta siempre se comete una pequeña injusticia: cada día se produce un océano de libros (y de manuscritos que nunca ven la luz), y a mi mesita de luz solo llega alguna gota, a menudo por casualidad. Además, la memoria juega sucio, engaña, esconde: ya sé que un instante después de haberte enviado estas respuestas me daré un golpe en la frente, con el gesto clásico de quien acaba de recordar de repente lo esencial. Menciono sin ningún criterio (salvo el de un caballero que deja pasar primero a las damas) a los primeros autores que me vienen a la mente, sin detenerme a pensar qué significa hoy «jóvenes», y cuyos libros me han dado placer recientemente: Valeria Ancione, Olivia Crosio, Elisa Ruotolo, Arianna Franzan, Vladimir Di Prima, Carlo Grande, Paolo Mascheri, Gaetano Cappelli, Roberto Masiero y Alessandro Gianetti (que vive en España, donde lo han traducido).
¿Qué novelista norteamericano de esta época te atrapa y lees con cierta frecuencia?
Estoy leyendo A Separation [3], de Katie Kitamura (Riverhead Books, 2017), y me gusta. Hace unos meses disfruté mucho The Correspondent [4], de Virginia Evans (Crown, 2025), una novela epistolar clásica, refinada en su escritura y en su psicología, que ha tenido un gran éxito en todo el mundo. Esto me recuerda otra novela epistolar que leí y releí, Famous Writers School [5], de Steven Carter (Counterpoint, 2006): inteligente, divertidísima. Sin embargo, quien escribe prefiere leer libros de escritores muertos. Quien escribe siempre es un poco mezquino y envidioso. También por eso, creo, Borges escribe en el prólogo a la primera edición (1935) de Historia universal de la infamia: «Leer, por lo pronto, es una actividad posterior a la de escribir: más resignada, más civil, más intelectual».
Con un pie en Florida y otro en Venecia, ¿te queda tiempo para frecuentar la obra de poetas nuevos y jóvenes, ya sean italianos, europeos, latinoamericanos o de más al norte?
«Tengo mucho tiempo y hasta el lujo de desperdiciarlo», cantaba un cantautor italiano. Y Lord Henry, en The Picture of Dorian Gray [6], dice: «Most people become bankrupt through having invested too heavily in the prose of life. To have ruined one's self over poetry is an honour» [7].
¿Habías visitado antes Argentina, tierra de intelectuales lúcidos surgidos de la revista Sur, como Ernesto Sábato, un escritor de nuestra realidad más dura y cruel?
Conozco la Argentina, o mejor dicho toda América Latina (una expresión que Borges me discutiría), exclusivamente a través de algunos pequeños fragmentos de su gran literatura. A Ernesto Sábato lo conozco de nombre, como cualquiera que tenga una cultura literaria suficiente, pero todavía no ha llegado a mi mesita de luz. Me atrae mucho, aunque solo sea porque tiene un nombre y un apellido bellísimos. Además de Borges, he leído a Cortázar, a Piglia, a Manguel (¿quizás habría que considerarlo más bien canadiense?) y a Soriano (a los italianos los vuelve locos; yo he leído y releído un par de libros suyos, sin entusiasmo).
En uno de los estantes de mi biblioteca conservo una novela que me divirtió mucho, The Book of Murder [8], de Guillermo Martínez (Penguin, 2009), traducida al inglés por Sonia Soto. Siento por los traductores un respeto que roza la devoción; todos deberíamos sentirlo: ¿cuánto habríamos perdido, y cuánto perderíamos en nuestra vida, sin ellos? ¿Cómo habría podido leer a Borges, en inglés o en italiano, sin el magnífico Andrew Hurley o sus numerosos traductores italianos? Ahora su preciosísimo arte está mortalmente amenazado por los geniales traductores automáticos... pero no divaguemos. La última novela argentina que leí, hace unos meses, es una obra de refinada belleza: Optic Nerve [9], de María Gainza, traducida al inglés por Thomas Bunstead (Catapult, 2019).
¿Tienes tiempo para el cine? Viniendo de Venecia, cuna del famoso festival cinematográfico. Días atrás el director argentino Mariano Llinás presentó en el último Festival de Venecia un documental biográfico sobre Borges que dura cinco horas y media. ¡Somos un país desmesurado!
En YouTube se encuentran cosas maravillosas de Borges. Sigo volviendo a ver la conversación en inglés entre él y William F. Buckley, o aquella en francés, doblada al italiano, con Alberto Arbasino. Si cabe, Borges me gusta todavía más que sus cuentos. Del mismo modo, ir al cine me gusta más que las películas: las películas dejan en mi alma una huella más tenue que los libros. Sin embargo, recuerdo una película argentina de 2016 que sigue grabada en mi memoria: El ciudadano ilustre, dirigida por Mariano Cohn y Gastón Duprat. Oscar Martínez ganó precisamente la Copa Volpi en Venecia por interpretar a un escritor argentino ganador del Premio Nobel. Ese escritor ficticio sigue siendo el único argentino de la historia en ganar el Premio Nobel de Literatura. A Borges le habría gustado esta ironía.
Entre los poetas italianos que hemos seguido de cerca está Dino Campana, que a principios del siglo XX vivió un año en la Argentina y sobrevivió haciendo todo tipo de trabajos: fue desde bombero hasta músico de una banda militar. Amamos la genialidad de Dino e imaginamos lo que habrá sido leer su obra cuando, en 1914, salieron a la luz sus Cantos órficos. Seguramente fue un impacto en el ambiente poético de su tiempo: ¡había surgido un Rimbaud italiano! ¿Qué significa Campana para ti?
¿Cómo no querer a Dino Campana? Escribes una obra maestra, se la entregas a tus amigos para que te ayuden a publicarla, ellos la pierden (o no te la devuelven, quién sabe) y tienes que volver a escribirla desde cero. Cualquiera se habría vuelto loco. ¡Cuánta pasión, cuánto talento, y cuánta Argentina también! Campana me parece el menos italiano de los poetas italianos del siglo XX, y quizá el más internacional.
Hablando de Rimbaud y de Le Bateau ivre: ¡qué importante es el título de un libro! En las pocas palabras de un título está el perfume del libro. Uno lee en la tapa El barco ebrio y ya siente el olor del vino de sus bodegas, un aroma a mercaderías, a cajones y a manzanas que, de tan intenso, nos marea ¿Qué nos puedes decir de È sabato mi hai lasciato e sono bellissimo [10]?
Me cuesta aceptar a Pasolini tra cotanto senno [11]. Como poeta, me parece muchas leguas por detrás de los otros que mencionas, sobre todo de Leopardi. El propio Leopardi se habría indignado de verse incluido en el mismo grupo que los demás, y sobre todo con Pasolini. Yo mencionaría, en cambio (aunque no solo a ellos), a Pascoli y a D'Annunzio.
El sábado del título de mi primera novela (traducida en Estados Unidos por Giorgio Tarchini y publicada por Bordighera Press) tiene mucho que ver con el poema «Il sabato del villaggio» [12], de Leopardi, pero también con la película Saturday Night Fever [13]: el sábado como juventud, como esa edad de la vida exuberante de ilusiones, contradicciones y hormonas en la que nos abandonan y —no, pero— somos bellísimos. Es decir, la derrota y el triunfo se alternan continuamente, nos destruyen y nos exaltan en el transcurso de un solo día, y cada derrota lleva ya dentro de sí la semilla del renacimiento. La juventud: embriaguez y desesperación. Vivimos toda nuestra vida sin un guion, pero de jóvenes ni siquiera tenemos un esquema: todavía somos niños y, de repente, nos encontramos dentro de un cuerpo adulto. Somos paradojas que caminan (mejor dicho, que corren): queremos ser especiales y únicos, diferentes de todos los demás, pero perseguimos esa singularidad mediante la imitación, las citas, la pertenencia a la manada. Y estoy de acuerdo: un título, como cada palabra de una novela o de un poema, debe ser totalmente importante: tener un perfume, una electricidad, un sonido indispensable en la orquesta de toda la obra.
¿Te llegaron ecos de la Generación Perdida, esa que dio plumas como las de Faulkner, Hemingway, Dos Passos o el John Steinbeck de Las uvas de la ira?
La vida de Hemingway sigue ejerciendo sobre mí una fascinación magnética; su prosa, ay, mucho menos. De los otros que mencionas tengo un conocimiento muy superficial. Entre sus contemporáneos, puedo decirte que The Great Gatsby [14] sigue siendo mi novela favorita de todos los tiempos. La releo casi todos los veranos: toca raíces subterráneas e inexploradas de mi ser, me desgarra, me conmueve, me exalta; cada página, cada frase, son para mí puro esplendor. Y me gustaría que se conociera más a John Fante [15], un novelista maravilloso.
¿Y resabios del esplendor de la Generación Beat, la de Jack Kerouac, Allen Ginsberg y William S. Burroughs, entre tantos otros, que marcó una época que no se volverá a repetir?
Aquí soy más que superficial: ignorante. Conozco los nombres, naturalmente, pero nunca los he leído. Antes te decía que Ernesto Sábato me atrae; la Beat Generation, no. Es problema mío, no de ellos. Al fin y al cabo, la elección de lo que leemos, en ese océano del que hablábamos, no puede estar dictada más que por el azar y por el prejuicio. Mis escritores estadounidenses favoritos son, además de Scott Fitzgerald y Fante, Truman Capote, Raymond Chandler y Vladimir Nabokov.
Para que este cuestionario no se parezca al de Proust, nos vamos despidiendo. Pronto podrás conversar en Carlos Paz, en vivo y en directo.
Notas
Programa de Estudios en el Extranjero.
Departamento de Lenguas, Lingüística y Literatura Comparada de la Florida Atlantic University.
Una separación.
La corresponsal.
La escuela de escritores famosos.
El retrato de Dorian Gray, novela de Oscar Wilde.
«La mayoría de las personas caen en la bancarrota por haber invertido demasiado en la prosa de la vida. Arruinarse por la poesía es un honor».
La muerte lenta de Luciana B. es el título original en español de esta novela de Guillermo Martínez, publicada por Editorial Planeta en 2007.
El nervio óptico. Editorial Mansalva, Argentina, 2014.
Es sábado, me has dejado y soy bellísimo, título de la primera novela de Pettener, publicada en 2009 por la editorial italiana Corbo Editore.
Cita de Dante, del Canto IV del Infierno. El endecasílabo dice: «sì ch'io fui sesto tra cotanto senno»; en traducción: «siendo yo el sexto entre tan grandes sabios».
«El sábado de la aldea», poema de Giacomo Leopardi (Recanati, 1798 – Nápoles, 1837).
Fiebre de sábado por la noche, célebre película norteamericana de 1977.
En El gran Gatsby, novela de F. Scott Fitzgerald publicada en 1925, están siempre presentes no solo las luces y sombras de la era del jazz, sino también la decadencia moral de la época.
Es la sabiduría literaria del profesor Emanuele Pettener la que pone sobre la mesa a John Fante (1909 – 1983), escritor y guionista norteamericano. Una de sus novelas es Pregúntale al polvo, una obra maestra que parece escrita este año, en la que se lee: «Recé, pero fue como polvo en mi boca».