Ucrania atacó la central nuclear de Zaporozhie, la mayor de Europa, ubicada en la región del Donbás. El sábado se registró el impacto de un dron de combate ucraniano contra uno de los edificios y varios colectivos que transportan a los trabajadores rusos. Sin embargo, no dañó las máquinas, aunque sí abrió un agujero en la pared de la sala de turbinas. El dron estaba controlado por fibra óptica, lo que descarta por completo la posibilidad de un impacto accidental.
El propio Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) emitió un comunicado expresando su preocupación y advirtió: «Atacar instalaciones nucleares es como jugar con fuego. El equipo del OIEA en la central nuclear de Zaporozhie ha solicitado acceso para examinar de primera mano el edificio de turbinas afectado».
Este ataque terrorista se suma al del 22 de mayo contra una residencia de estudiantes en la ciudad de Starobelsk, en la región de Lugansk, dejando más de 20 niños y adolescentes muertos. Y también se suma a la lluvia de drones «ucranianos» que han redoblado los ataques contra blancos civiles en Rusia durante las últimas semanas. Esos drones «ucranianos», en realidad tienen tecnología europea, en muchos casos son incluso guiados por personal europeo, usan el espacio aéreo de países bálticos y, en ciertos casos, están siendo lanzados desde Letonia y Estonia. Rusia ya ha advertido que considera acciones de guerra ese involucramiento directo de países miembros de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN).
Este sábado, se sumó un nuevo incidente con drones en Rumania, cuando una casa fue dañada y dos personas heridas en la ciudad de Galati. Inmediatamente, el gobierno rumano atribuyó la responsabilidad a Rusia sin presentar ninguna prueba. Sobre esto, el presidente ruso Vladimir Putin, recordó los casos previos de la caída de drones ucranianos en Letonia, y dijo: «Al igual que ahora, la primera reacción siempre fue que se trataba de un ataque de los rusos. Porque sabemos que los drones ucranianos volaban a Finlandia, a Polonia y a algún lugar de los países del Báltico. La primera reacción fue exactamente la misma que ahora en Rumanía. ¡Alerta, vienen los rusos, los rusos atacan! Luego, pasado un tiempo, se descubría que no tenía nada que ver con aeronaves rusas, sino que se trataba de drones de origen ucraniano que se habían desviado de su rumbo; ya fuera por el efecto de las medidas de guerra electrónica o por otras razones, debido a deficiencias técnicas, volaron hasta allí y cayeron».
A todo esto, se suma la escalada verbal de países como Alemania y Reino Unido, que no dejan de hablar de una guerra directa contra Rusia. Los ingleses anuncian que comandarán una flota internacional para bloquear a Rusia en el Báltico, y los alemanes no dejan de hablar de prepararse para enfrentar a los rusos.
Está claro que ha cambiado la estrategia en los centros de decisión. Hasta ahora, el plan era desangrar a Ucrania hasta su último hombre con tal de esmerilar a Rusia. Ahora pareciera ser provocar a Moscú hasta que ataque directamente un país miembro de la OTAN, para activar el famoso artículo 5 y obligar a Estados Unidos a intervenir. Sin embargo, no está tan claro que Washington intervendría en una guerra directa contra Rusia, en estos momentos, con la experiencia de su derrota en Irán, producto de una decisión más israelí que estadounidense.
Ante la posibilidad de volver a ser usado por intereses ajenos, Donald Trump podría retirarse definitivamente de la OTAN, a este punto ya resquebrajada.
En la alianza atlántica, hoy por hoy están los halcones de la guerra: Alemania, Reino Unido y, en menor medida, Francia. Y, por otro lado, los países que no quieren involucrar a sus pueblos en una nueva guerra de consecuencias impredecibles: España (que ya ha negado a Estados Unidos el uso de sus bases y espacio aéreo), Italia, Hungría (a pesar del cambio de gobierno) y Turquía, entre otros. En estas circunstancias, Europa no está en condiciones de librar ninguna guerra contra Rusia. Y si consiguiera el apoyo de Estados Unidos, debería ser a costa de acuerdos comerciales leoninos que acelerarían el ya evidente proceso de desindustrialización en el que está el viejo continente.
Sea como sea, es evidente la ceguera de los líderes europeos, que siguen pensando el mundo en clave de 1990, o, peor aún, en clave de la Guerra Fría, con una política de bloques que, hasta ahora, lo único que les ha traído son perjuicios económicos, sobre todo porque compran a Estados Unidos energía mucho más cara que cuando se la compraban a Rusia. Pero el daño podría ser mucho mayor si se piensa en una guerra de dimensiones no vistas desde 1945 por lo menos.
Rusia les ha tendido la mano muchas veces, para elaborar una nueva arquitectura de seguridad continental, incluyendo al país más grande de Europa, y al mismo tiempo, tendiendo puentes hacia Eurasia. Pero no hay peor ciego que el que no quiere ver. Puede ser por ignorancia, por no aprender de la historia. Pero más probablemente sea porque, ante la desindustrialización evidente, sus líderes piensen que una maquinaria bélica podría sacarlos del estancamiento económico. Un arma de doble filo, que podría llevar a la vieja Europa a la imágenes dramáticas de la Segunda Guerra Mundial.