El fuego ya estaba encendido antes de llegar a Córdoba. Venía viajando de pueblo en pueblo, al calor de las ollas compartidas, las conversaciones que se extendían en ronda y las manos que se turnaban para cocinar. Desde Bialet Massé hasta Villa Giardino, Cabalango, Capilla del Monte y Molinari, las feministas de Punilla fueron preparando su camino hacia el 39.º Encuentro Plurinacional de Mujeres y Disidencias. Cuando finalmente llegaron a la capital provincial, no llevaron solamente una olla: llevaron meses de organización, preguntas, reclamos y formas de encontrarse.

Durante las jornadas del Encuentro, la plaza de la Intendencia se convirtió en un espacio de cobijo para las compañeras del Valle de Punilla y de otras regiones. Desde el jueves, un acampe sostuvo la presencia colectiva, con guardias para cuidar el lugar, comidas compartidas, charlas, intervenciones artísticas y una feria que reunió a 42 feriantes de Punilla. Allí, el encuentro sucedía también por fuera de los talleres: en la calle, en los intercambios cotidianos y en la posibilidad de reconocerse como parte de una misma trama.
“Nosotras participamos y fuimos parte de la Comisión Plaza del Encuentro”, cuenta María Adela Gambuzzi, integrante del Ollazo Punillazo y parte del encuentro plurinacional de mujeres lgtbq+ de Punilla. Esa participación, explica, tenía un sentido político: recuperar la plaza y las calles como espacios donde el Encuentro se construye, además de los talleres y las actividades programadas.
En ese espacio confluyeron las producciones de la región, las expresiones artísticas, las banderas y las problemáticas que las compañeras habían trabajado durante los meses previos. También hubo círculos de la palabra, un altar y un pedido de permiso al territorio, una práctica que, según explica Adela, procuran sostener desde sus propias formas, en diálogo con los pueblos preexistentes.


La vida compartida del acampe fue parte central de esa construcción. Dormir, desayunar, conversar, cocinar y organizar las guardias formaron parte de una experiencia que no separaba la militancia de los cuidados. El grupo sostiene principios de horizontalidad, autonomía respecto de los partidos políticos y del Estado, y un protocolo para que nadie se sienta incómoda o violentada en el espacio.
En esa cotidianeidad aparece una de las claves del Ollazo Punillazo: construir una forma de encuentro en la que los cuidados no sean una obligación individual ni una tarea invisible, sino una responsabilidad compartida.
Cocinar el encuentro, recorrer el territorio
El proceso de organización de los Ollazos Punillazos comenzó a tomar forma en 2020, a partir de la articulación entre feminismos autoconvocados de distintas localidades de Punilla. Con el tiempo, surgió la propuesta de realizar encuentros regionales de transfeminismos que no fueran simplemente una instancia preparatoria del Encuentro Plurinacional, sino espacios propios, capaces de reconocer las identidades, los ritmos y las problemáticas de quienes habitan el valle.
La experiencia les permitió advertir las dificultades que supone participar de una organización concentrada en la capital: las distancias, los traslados, los tiempos y las diferencias entre las dinámicas de una ciudad y las de las localidades del interior. Frente a eso, decidieron construir su propio recorrido.
La primera olla compartida, realizada en Bialet Massé, fue el punto de partida de una serie de encuentros que fueron rotando por distintos pueblos. Cada reunión permitió sumar voces, intercambiar experiencias y discutir qué luchas querían llevar a Córdoba. La itinerancia no fue un detalle logístico: fue una manera de acercar la organización a mujeres y disidencias de diferentes localidades, sin exigirles que todo sucediera en un único lugar.
“Esto que terminó siendo el símbolo de los Ollazos Punillazos nos permitió vivenciar este tema del calor, del fuego, de la comida compartida, de la abundancia que trae las cosas cuando las hacemos colectivas”, explica Adela.
La cocina adquirió así otro significado. Históricamente asociada al trabajo doméstico no remunerado y a la distribución desigual de las tareas de cuidado, se transformó en una práctica colectiva, elegida y compartida. Cocinar juntas fue también una manera de discutir cómo se organiza ese trabajo y de recuperar el cuidado como parte de la construcción feminista.
De esas reuniones surgieron los ejes que después llevaron al Encuentro: las dificultades para acceder a la justicia en el Valle de Punilla, las violencias que atraviesan a mujeres y disidencias, la autogestión económica, las redes de intercambio y la defensa del territorio.
Julia Lara, también integrante del Ollazo Punillazo, destaca precisamente ese movimiento entre localidades. Para ella, el recorrido de las ollas fue construyendo una identidad común, una grupalidad que se reconoce como Encuentro Plurirregional de Punilla. La identidad no estaba dada de antemano: se fue construyendo en cada viaje, cada reunión y cada tarea compartida.
El violentómetro del ambiente: «reconocer la violencia es el primer paso para detenerla»
Entre las producciones que llegaron a Córdoba hubo una herramienta que condensa buena parte de las preocupaciones del grupo: el Violentómetro del Ambiente. La propuesta surgió de una reflexión colectiva sobre la relación entre los cuerpos y los territorios que habitan, atravesada por experiencias concretas de incendios, avance de la especulación inmobiliaria, conflictos por las obras viales y reclamos frente a las afectaciones ambientales.
El Violentómetro del Ambiente fue elaborado desde el Encuentro Plurirregional de Punilla para reconocer y visibilizar distintas formas de violencia ambiental, incluidas aquellas que suelen naturalizarse o permanecer ocultas. La herramienta organiza esas manifestaciones en una escala de cuatro niveles -verde, amarillo, naranja y rojo- que va desde las prácticas de cuidado y protección hasta los daños graves o irreversibles. A su vez, propone observarlas en tres dimensiones relacionadas: persona, comunidad y Estado.
Seguí el enlace para encontrar información: https://drive.google.com/drive/folders/17mFeZOv27mCX99ptB2rs2JojnCdCyPV5
En Punilla, esa reflexión está vinculada con conflictos que forman parte de la vida cotidiana de la región. Los incendios, la presión inmobiliaria y las disputas en torno a las transformaciones del territorio no son problemas aislados: afectan las formas de habitar, las redes comunitarias y las condiciones de vida. Por eso, el violentómetro busca ofrecer una herramienta para nombrar esas experiencias, discutirlas colectivamente y reconocer las responsabilidades que corresponden a las personas, las comunidades y el Estado.
La herramienta, junto con el mapeo territorial de las violencias y las intervenciones artísticas, formó parte de una presencia que buscó llevar a la plaza las preguntas construidas en las ollas.
Una plaza, una ronda, una trama de luchas internacionalistas
El domingo, después del mediodía, la plaza de la Intendencia fue también escenario de la asamblea de feministas de Abya Yala que se realiza cada año. Entre sahúmos, rituales y abrazos, las voces de compañeras de distintas regiones del mundo se hermanaron para denunciar el avance del fascismo, el racismo y las violencias patriarcales, y para compartir las resistencias que se sostienen en los territorios.


Susana Reyes, mamá de Cecilia Basaldúa, asesinada en Capilla del Monte en abril de 2020, llevó a la asamblea, las falencias de la justicia y la búsqueda de verdad sobre el femicidio, aún impune, de su hija. Su presencia recordó que detrás de cada reclamo hay familias que continúan exigiendo respuestas y que las distancias geográficas también pueden convertirse en obstáculos para el acceso a la justicia.


En la misma ronda se escuchó el pedido de libertad para Flavia Saganías, condenada en 2019 a 23 años de prisión por su presunta participación como instigadora de un ataque contra su ex pareja, luego de haberlo denunciado por el abuso sexual hacia una de sus hijas. El proceso judicial, llevado a cabo por los tribunales de Cruz del Eje, fue un juicio carente de pruebas y el resultado fue un fallo cargado de estereotipos de género e incongruencias en su resolución. Hoy la causa está en la Corte Suprema de Justicia y se pide la inmediata revisión de su sentencia.

La memoria de quienes faltan, las denuncias que siguen abiertas y las redes que acompañan a quienes buscan justicia también formaron parte de ese fuego colectivo.
“Qué momento, qué momento, a pesar de todo les hicimos el encuentro”
El Encuentro continuó entre talleres, asambleas, actividades culturales e iniciativas activistas. A pesar del cielo nublado y de los momentos de lluvia, las actividades se desplegaron por distintos puntos de Córdoba. Durante la tarde del domingo, la ciudad volvió a transformarse con la marcha que comenzó alrededor de las 18.30 y reunió a más de 150 mil personas de distintas regiones dentro y fuera del país.





La marcha culminó frente al escenario de la Festi-peña, sobre la avenida Arenales. Allí, la música y las expresiones artísticas reunieron a quienes habían llegado desde distintos puntos del país para compartir el cierre de la jornada.

En tiempos de incertidumbre, la posibilidad de encontrarse, compartir experiencias y construir redes colectivas aparece como una forma de resistencia. “Una alegría y satisfacción propia de la liberación femenina, y sobre todo de la construcción colectiva, en momentos de tanta desesperanza lo que da esperanza es poder saber que nos tenemos”, concluye Adela.
Esa certeza acompañó el cierre de tres intensas jornadas de debates, abrazos y movilización, atravesadas por los reclamos de justicia, la defensa de los territorios y la lucha contra las violencias. La próxima cita será en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, sede del 40.º Encuentro. Córdoba despidió así a cientos de miles de mujeres y disidencias que regresaron a sus territorios con experiencias compartidas y nuevas redes, pero también con la convicción de que las luchas continúan en cada organización, en cada reclamo y en los vínculos que se construyen y sostienen colectivamente.