Hay semanas que quedan grabadas en la memoria de un pueblo. Una de ellas transcurrió entre el 14 y el 21 de octubre de 1945, cuando una manga de langostas se abatió sobre Villa Carlos Paz y dejó su marca en buena parte del entonces incipiente caserío.
Los insectos no pidieron permiso. Cayeron sobre casas y quintas por igual, y muchas familias debieron resignarse a ver cómo aquellos visitantes indeseables se instalaban en patios, techos y huertas. El paisaje, por unos días, fue el de una invasión silenciosa y voraz.
La peor parte se la llevó el sector que hoy conocemos como el barrio Los Manantiales. Allí, según el recuerdo que sobrevive de aquellos días, las langostas no dejaron sembradío ni para muestra: lo que había costado meses de trabajo desapareció en cuestión de jornadas, devorado sin contemplaciones.
Un flagelo nacional
Lo que cayó sobre Carlos Paz no era una rareza local, sino la cara visible de una de las plagas más temidas del país. Durante la primera mitad del siglo XX, la langosta migratoria —la Schistocerca cancellata, llamada popularmente "langosta voladora"— fue el peor enemigo de la producción agrícola argentina y siguió golpeando con fuerza hasta entrada la década del 50. Córdoba figuraba entre las provincias castigadas.
El mecanismo era implacable. Cuando estos insectos se multiplican en exceso y escasea el alimento, abandonan su forma solitaria y se desplazan en agrupaciones gigantescas conocidas como "mangas". Una sola de ellas podía reunir decenas de millones de ejemplares y volar tan apretada que llegaba a tapar la luz del sol, con un frente de varios kilómetros.
No es exageración el "ni para muestra": una manga es capaz de devorar en un día tanto alimento como el que consumirían miles de personas. Y la primavera —justamente octubre— era la época en que estos enjambres levantaban vuelo, lo que vuelve del todo verosímil el calendario de aquel ataque.
El flagelo era además muy viejo en estas tierras. Ya en la Batalla de Tucumán se recordaba que el impacto de las langostas en la cara y el pecho de los soldados simulaba balazos, al punto de que muchos creyeron haber sido heridos.
Por eso no sorprende que 1945 haya sido, además, el año en que el Estado nacional creó un Servicio de Lucha contra la Langosta para enfrentar de manera orgánica una plaga que se repetía temporada tras temporada. La manga que visitó Carlos Paz cayó, casi como una ironía del destino, en el mismo año en que el país decidía declararle la guerra.
Un paraje con historia
Curiosamente, aquel mismo rincón de Carlos Paz ya había dado que hablar poco antes, aunque por motivos bien distintos. El 16 de diciembre de 1944, la zona recibió la visita de uno de los hombres más poderosos de la Argentina de entonces: Juan Domingo Perón.
Por aquellos días, Perón concentraba en su figura una suma de cargos pocas veces vista. Era vicepresidente de la Nación, ministro de Guerra y secretario de Trabajo y Previsión. Faltaba todavía un año para el 17 de octubre de 1945, la jornada que lo catapultaría definitivamente a la escena política, pero su peso en el país ya era enorme.
La estadía dejó su anécdota. Perón se hospedaba en el hotel Carena y una de aquellas noches se transformó en una larga velada de tertulia y brindis. Junto a su comitiva y a un puñado de carlospacenses, terminó vaciando las existencias de un bar cercano llamado "Arizona", al calor de la música y la conversación.
El acompañamiento no fue menor: aquella noche actuaron el payador Ireneo Cabrera Burgos y la cantante Eva de Cabrera, que pusieron voz y guitarra a una reunión destinada a quedar en la memoria de quienes la vivieron.
Dos episodios, un mismo escenario
Una invasión de langostas y la visita del hombre fuerte del país. Dos hechos sin relación entre sí, separados por menos de un año, que tuvieron como telón de fondo el mismo sector de Villa Carlos Paz.
Quizás en eso resida el encanto de la historia local: en descubrir que los lugares por los que pasamos a diario supieron ser escenario de episodios tan disímiles como memorables.
Hoy, donde antes se extendían las quintas arrasadas, está el barrio Los Manantiales. Y de aquellas langostas, como de aquella noche en el "Arizona", solo queda el relato que se transmite de generación en generación.