Hoy Argentina vuelve a enfrentar a Inglaterra.

Va a haber banderas, camisetas y ese nudo en la garganta cuando suene el himno. Porque
para nosotros ese partido nunca fue uno más: habla de orgullo, de identidad, de soberanía.
Cada vez que jugamos contra Inglaterra se activa algo más profundo que el resultado. No
es solo fútbol.

Pero mientras estamos mirando la cancha, este jueves el Congreso debate una reforma de
la Ley de Tierras Rurales. Y ahí hay una pregunta que no me puedo sacar de encima: ¿de
qué sirve defender la soberanía noventa minutos, si después no miramos quién decide
sobre nuestro territorio?

El debate es más profundo de lo que parece: se trata de quién conserva la capacidad de
decidir sobre el agua, los bosques, las montañas, la producción y los recursos estratégicos
que son de todos.

Hagamos un ejercicio. Imaginemos que lo que se resuelve esta semana en el Congreso
cambia las reglas sobre la propiedad y el uso de grandes extensiones de tierra en lugares
como Capilla del Monte. ¿Qué estaría en juego ahí? ¿Solo la tierra?

No. Estarían en juego las cuencas de agua que nacen en nuestras sierras, los bosques
nativos, el Uritorco, la biodiversidad y el paisaje que hoy sostiene el turismo de todo un
pueblo. Y en el fondo, algo todavía más importante: que las próximas generaciones puedan
seguir decidiendo sobre el lugar donde viven.

Argentina necesita inversión, sin duda. Nadie discute eso. Pero necesita inversión con
reglas claras, para que crecer no termine significando perder lo que es estratégico. Los
países inteligentes no eligen entre crecer o cuidar lo propio: hacen las dos cosas al mismo
tiempo, y ahí está la diferencia entre un desarrollo real y una hipoteca a futuro.

Mañana muchos vamos a gritar cada pelota como si fuera una cuestión de honor nacional.
Ojalá pongamos la misma pasión en seguir de cerca lo que pase en el Congreso, aunque
no tenga la épica de un partido ni cámaras transmitiendo en vivo.

Porque el partido dura noventa minutos. Las leyes que se voten esta semana pueden
marcar el destino de un país por generaciones.